Esclavos de nuestra imagen. Sobre la IA en el cine, el libre albedrío y el arte...

Los numerosos avances en tecnología digital permitieron que el cine diera un salto hacia adelante en relación con la capacidad de poder plasmar, definitivamente, todo aquello que el artista tenía en su cabeza con las mínimas limitaciones posibles mediante efectos generados por ordenador. Con la aparición de la imagen virtual, se podían crear representaciones visuales o réplicas exactas de lugares y personajes reales o imaginarios. Se abrió aquí un debate entre los cineastas que explotaban al máximo esta nueva técnica y los más puristas que consideraban que el CGI, pese a aportar un beneficio en términos de realismo, si se usaba de forma excesiva podía hacer que un filme se volviera algo más propio del mundo de los videojuegos que del séptimo arte, haciendo de los nuevos efectos visuales una cosa menos tangible que los efectos prácticos con miniaturas, maquetas y marionetas.

Han sido muchas las películas de ciencia ficción que han explotado las nuevas técnicas de CGI y, a la vez, han explorado el concepto de dualidad entre lo real y lo virtual, siendo Matrix (1999), de las hermanas Wachowski, una de las pioneras, de las más relevantes y un claro ejemplo de cohesión entre forma y fondo, consiguiendo plasmar visualmente algo que también toca en su narrativa. Sin embargo, una de las películas que también fusiona estéticamente y narrativamente este concepto de forma excelente y no ha tenido la repercusión del filme anteriormente mencionado es El congreso (2013), de Ari Folman. 

El congreso, pese a ser una película estrenada hace ya diez años, toca temas que están cada vez más presentes en nuestro día a día con la llegada de la IA. Nos habla de nuestra relación en la actualidad con la imagen, haciendo de ella cada vez más un negocio del que poder sacar el máximo rédito económico posible, convirtiéndonos prácticamente en productos que consumir. El filme pone constantemente sobre la mesa el debate ético y moral sobre el poder que tenemos y que hemos de ejercer sobre nuestra persona y sobre nuestro propio cuerpo, concienciándonos de la capacidad de libre elección que tenemos sobre el mismo. La idea que plantea sobre vender los derechos de imagen de nuestro cuerpo virtual a cambio de un retiro indefinido puede resultar tentadora al principio, pero cuando se profundiza en dicha cuestión es cuando se nos advierte de los problemas que esto puede suponer, pues dejaríamos de ser los únicos reyes y señores de nuestro propio cuerpo, prostituyendo prácticamente nuestra imagen. La película se muestra crítica respecto a las imágenes virtuales y digitales, dejándonos entrever como los patrones estéticos establecidos por la sociedad a través de la publicidad y las grandes marcas nos han transformado en seres superficiales cuya continua búsqueda de la perfección estética se ha convertido en el mayor de nuestros problemas, dejando el fondo en un segundo plano. El congreso lleva este concepto al extremo, pero si comparamos lo que el filme nos propone con la realidad en la que vivimos, en la que nos vemos enganchados las 24 horas del día a un móvil publicando todos nuestros movimientos en redes sociales en busca del mayor número de likes posible, nos damos cuenta de que esta ficción no dista mucho de nuestro día a día. Redes sociales como OnlyFans llevan este tema de la superficialidad a un alto nivel, ofreciendo la exclusividad de nuestra imagen a aquellos que paguen por ella. De nuevo, convertimos nuestro cuerpo en un producto o sustancia que consumir. El sistema capitalista en todo su esplendor mezclado con la sociedad machista y heteropatriarcal en la que, por desgracia, seguimos viviendo. La realidad superando a la ficción una vez más. 

Si comparamos la película con la ya mencionada Matrix, por ejemplo, podemos ver que la imagen virtual de sus universos construidos se aborda estéticamente de forma diferente. En el filme de 1999, el mundo imaginario se distingue gracias a la paleta de colores empleada y la fotografía, una imagen más limpia que contrasta con la suciedad y el caos del mundo real. En la película de Folman, el contraste es todavía más radical, pues la técnica empleada es directamente la animación 2D, apareciendo con la entrada a ese nuevo mundo del estudio Miramount tras la inhalación de una sustancia química. En el filme de las hermanas Wachowski, el “yo” virtual de sus protagonistas es una réplica exacta de ellos mismos (vistiendo un tipo de ropa más cool) que puede desafiar las leyes de la física y de la gravedad con sólo imaginarlo. En El congreso, directamente los dobles son representaciones de ellos mismos convertidos en dibujos animados pese a que, antes del salto temporal de 20 años que se produce hacia la mitad del filme, la imagen virtual del cuerpo de los personajes es prácticamente idéntica a la de su imagen real. 

Sorprende que esto último se tratase en la película en 2013 pero que sea algo que esté tan presente hoy en día, pues actualmente Hollywood está haciendo réplicas de actores y actrices con inteligencia artificial que podrían ser utilizadas para siempre, poniendo en un serio peligro sus trabajos de cara al futuro. Alexandria Rubalcaba, por ejemplo, contaba en agosto de 2023 para el diario NPR como Disney escaneó su cara y su cuerpo para la serie de Marvel, Bruja Escarlata y Visión (2021), sin explicarle cómo emplearían su doble digital o si llegaría a cobrar por su uso en pantalla. 

Este caso me hace recordar dos escenas de la película de Ari Folman que considero relevantes. La primera sería el momento en el que se abre un debate en casa de Robin Wright junto a su agente Al (Harvey Keitel) y hablan sobre las ventajas y desventajas de aceptar el contrato que la productora Miramount le ofrece. Ella defiende la importancia de la libre elección, pese a que sus decisiones laborales hasta la fecha no hayan estado del todo acertadas. Si firma ese contrato, el estudio podrá hacer con su imagen lo que le plazca, algo con lo que no está del todo conforme. Sin embargo, la postura de Al es interesante, puesto que defiende la firma de dicho contrato alegando que el libre albedrío que tanto recalca Wright ha sido solamente una ilusión ya que, sin saberlo, la actriz ya estaba siendo esclava de su imagen en todo momento. La otra escena en cuestión es el momento en el que la cara y el cuerpo de la actriz es escaneado. En primer lugar, llama la atención el parecido con la experiencia que cuenta Rubalcaba en sus declaraciones [NPR. (2023). NPR – Breaking news, Analysis, Music, Arts & Podcasts], en las que afirmó haber estado frente a una serie de cámaras en plataformas metálicas detrás de un vidrio durante 15 minutos, mostrando diferentes expresiones faciales mientras se creaba su réplica digital. Y, en segundo lugar, me parece muy interesante reflexionar sobre lo paradójico que resulta ver como Robin Wright no es capaz de actuar con naturalidad cuando lo que le rodea no es más que tecnología. No hay nada real y todo es artificial, por lo que la esencia del arte, formada por todos esos pensamientos, sentimientos y emociones que nos hacen ser reales y nos convierten en humanos, desaparece. ¿En qué momento la actriz nos regala su mejor actuación y nos muestra la mejor de sus sonrisas y su máxima expresión de tristeza? Precisamente en el momento en el que su representante Al consigue que regrese al mundo real, explicándole la historia de su vida. Recuerda su infancia, su salto al mundo laboral, el momento en el que la conoció y comenzaron a trabajar juntos, y el momento en el que se enamoró de ella. 

Sólo las personas podemos hacer arte. El arte sale de dentro de lo más profundo de nuestro ser. El arte es tristeza, melancolía, dolor, incertidumbre, miedo, amor y pasión. El arte nos desgarra y nos eriza la piel, y eso es algo que ninguna máquina podrá replicar jamás.  




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