Regresando a MATRIX (Parte IV): ¿Y si nos tomamos la pastilla azul?
Cuando escribí la crítica de la trilogía original lo hice durante el confinamiento en 2020. En ese momento, poco o nada se sabía de lo que nos depararía una cuarta entrega, pero sí sabíamos que Lana Wachowski iba a ser la única de las dos hermanas en volver a sentarse en la silla de directora. Por la parte que me toca, me era imposible disimular mis ganas de volver a adentrarme en el universo de Matrix, pues es una de mis sagas favoritas, y el hecho de que una de las creadoras estuviera detrás del proyecto me hacía conservar cierta esperanza de que podría salir algo bueno de ahí. Vaya chasco al salir del cine...
Hace poco la vi por segunda vez para refrescarla antes de escribir esta crítica y mi impresión sobre ella mejoró considerablemente, pero si me centro en mi experiencia en la sala de cine durante mi primer visionado, recuerdo que durante los primeros minutos de metraje ya empecé a revolverme en la butaca. Recrear una escena que ya de por sí fue perfecta en 1999 me parece una mala idea pero, si lo haces, asegúrate de hacerlo igual o mejor que entonces. No es el caso. La fotografía, la paleta de colores, el pulso al filmar las escenas de acción, la banda sonora... Todo parece una mala imitación de lo que funcionó en la trilogía original, y no ayudan los constantes toques de humor sin sentido que te van incorporando ya desde el principio haciendo que, por momentos, sientas que estás presenciando una parodia de Matrix, alejándose por completo del tono serio y sombrío característico de la saga.
La película avanza y encuentra sus mejores momentos en el desarrollo de una interesante idea en la que vemos como Lana juega a incorporar su experiencia dentro de la industria cinematográfica con el propio concepto de un estudio detrás de una exitosa franquicia de videojuegos (que no de películas) que presiona a su creador para que realice una cuarta parte. Las constantes autorreferencias a la saga en clave metacine aportan una frescura y una originalidad que le sienta muy bien al filme y, junto a la idea de que Neo y Trinity se encuentren en una nueva Matrix en cuerpos que no le corresponden intentando encontrarse a sí mismos, buscando casi de forma inconsciente su liberación (otro paralelismo con la búsqueda de la propia identidad de las hermanas Wachowski y sus procesos de cambio de sexo), nos recuerdan la esencia de la saga y su interés por innovar en lugar de reciclar.
Poco tendría que objetar hasta aquí más allá del alejamiento visual y estético de esta nueva Matrix con la Matrix original, una decisión creativa que no me convence pero que uno al final acaba obviando o intentando ignorar. El problema viene cuando, aparte de Neo y Trinity, las demás piezas del rompecabezas no tienen nada que aportar a la trama o directamente sobran. No me traigas a un nuevo Morfeo y a un nuevo agente Smith si parecen parodias o caricaturas de los originales. No me traigas de vuelta a Niobe y a Merovingio a modo de cameo para ridiculizarlos. No me traigas a una serie de nuevos personajes con cero desarrollo que van a ocupar un innecesario tiempo en pantalla, como innecesarias son muchas de las escenas de acción que, una vez más, intentan imitar lo logrado en filmes anteriores, quedándose a años luz de éstos. Es increíble que una saga que destacó, entre otras muchas cosas, por su innovación técnica y por unas escenas de acción espectaculares milimétricamente coreografiadas, nos traiga en su cuarta parte unas peleas y persecuciones simples, que no aportan nada a la narración, que se sienten forzadas y que, en ocasiones, parecen de película de serie B. Totalmente imperdonable.
Solamente el viaje de regreso al mundo real y a esta nueva ciudad humana me recuerdan visualmente que nos encontramos en el mismo universo que sus predecesoras. La historia vuelve a resultarme interesante, se aprecia el mimo en el diseño de producción y la paleta de colores fríos me teletransporta a mis mejores años en la Nebuchadnezzar.
Por destacar algún aspecto positivo más, el personaje del Psicoanalista resulta interesante como nueva némesis de Neo, y el vínculo amoroso de la pareja protagonista se siente más real y natural que nunca, con un precioso late motiv que se repite cada vez que se reencuentran, siendo éste el único tema a destacar de una banda sonora impersonal que bebe de las composiciones de Don Davis.
En resumen, esta cuarta entrega de la saga gana valorándola como filme individual e independiente en lugar de hacerlo como secuela de una trilogía que nos entregó una obra maestra en 1999. Se aleja en estética y tono de sus predecesoras, pero lo peor es que el cambio no es a mejor, desmereciendo el trabajo bien hecho que se logró en las originales. Este último e irregular viaje a Matrix me ha hecho encontrar más sombras que luces de regreso a la madriguera, y viendo su escena poscréditos uno se replantea si quizá no hubiese sido mejor haberse tomado, aunque sólo fuera por esta vez, la maldita pastilla azul.
Valoración: ★★

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